La Formación de los Investigadores y el Aporte del Docente Investigador

Todos dudamos, y me atrevería a decir, que dudamos de todo lo que conocemos, por eso me tomo el atrevimiento de parafrasear a Descartes, la duda es el motor del conocimiento, y como explica en su III Discurso sobre el método, cuando se duda hay que reconocer la propia ignorancia y dejar guiarse por un método ya que el objeto de la investigación no es otro que mejorar la vida al encontrar un conocimiento auténtico.

La formación de un investigador no puede limitarse solo al pregrado, a la maestría o al doctorado. El investigador tiene que encontrar su potencial y esa duda constante en la curiosidad propia del ser humano, y es responsabilidad de los maestros y profesores de la educación primaria y secundaria dar las herramientas necesarias a los alumnos para descubrirla y cultivarla.

En nuestro país y en Iberoamérica la investigación está prácticamente restringida al ámbito de las universidades y además “está condicionada a la existencia de capacidades propias de investigación y de condiciones normativas de política científica y de financiación para garantizar su desarrollo con la continuidad necesaria, con estándares de calidad reconocidos internacionalmente y con pertinencia social”. (Sebastián, 2003)

Según lo anterior podemos decir que en nuestro país solo se investiga en el ámbito universitario, y que depende de la tradición de esa casa de estudio y del presupuesto que se le asigne. El apoyo a la investigación y por ende a la formación de investigadores es desigual, no hay criterios investigativos unificados y mucho menos existen vínculos sólidos entre “investigación, docencia y estudio” (Op. Cit., 2003)

No necesitamos “universidades PROFESIONALIZANTES, siempre al servicio de las demandas empresariales” (Guillén, 2004), necesitamos universidades que investiguen para buscar esa mejor calidad de vida de la que nos hablaba Descartes. Pero lamentablemente se forman profesionales solo para cumplir con las demandas del mercado laboral y la parte destinada a la investigación dentro de las universidades como bien dice Sebastián (2003) no es fácil de aislar en los presupuestos de las universidades iberoamericanas, es más los sectores no educativos, sean éstos públicos o privados, que destinan recursos para esa materia ocupan según ese mismo autor un “espacio residual” con algunas excepciones como Brasil, España y México.

La investigación en Venezuela no escapa a esa realidad, en las universidades públicas como la Universidad Central de Venezuela los investigadores que también cumplen funciones de docencia luchan por conseguir o estirar el presupuesto para sus trabajos investigativos y en las instituciones privadas esa área, sobre todo el presupuesto, es casi inexistente a menos que se hable de sueldos y salarios.

Los trabajos de investigación no suelen tener nada que ver unos con otros”, como bien nos dice Guillén (2004), tampoco suelen resolver problemas sociales ni tener una relevancia importante para el desarrollo del país, claro que hay excepciones, pero no se dan por la formación o el método que se usa sino por una especie de suerte o dedicación individual del investigador. Y allí caemos en el segundo pecado, el “individualismo” extremo, el egoísmo investigativo, que crea el principal obstáculo en las universidades y en cualquier centro de investigación, que no es más que la falta de criterios y de formas evaluativas o de seguimiento compartidas.

El docente investigador no puede limitar su área de trabajo a la universidad, el estar en contacto con la sociedad de la que forma parte es imprescindible, para que lo que resulte de su estudio se convierta en una herramienta, tal como lo explicaba Guillen, de “transformación social” que dependerá de la sociedad que concibamos y de qué entendamos como “investigación”.

La investigación no puede ser exclusiva, debe ser incluyente, no debe ser limitada, debe ser libre, no puede ser confusa, debe seguir ciertos modelos científicos, no debe ser individualista, debe ser colectiva, no debe estar aislada, debe estar en sintonía, es decir, debe ser transversal e interdisciplinaria. El investigador debe pensarse como parte de ese proceso de transformación social, donde no solo mejorará él, sino que mejorará el ambiente donde éste se desenvuelve su universidad y su sociedad.

Referencias Bibliográficas

Brezinski, C. (1993) El Oficio del Investigador. Editorial Siglo XXI. Madrid, España.

Guillén, José (2004)Conferencia inaugural en las X Jornadas de Investigación.Colegio Universitario Francisco de Miranda. Caracas, Venezuela.

Guillén, José (2004) Los 7 Pecados Capitales De La Investigación Universitaria Tercermundista.

Sebastián, Jesús (2003) Estrategias de cooperación universitaria para la formación de investigadores en Iberoamérica. Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura. Madrid, España.

Karelia Espinoza Tartaret

Politóloga-UCV Profesora-UFT

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